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Los juegos de mesa… una realidad.

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Photo by Suzy Hazelwood on Pexels.com

Los juegos de mesa… una realidad.

En todos lados los promocionan a los juegos de mesa como La Maravilla. Es un espacio para jugar, conectar, divertirnos… pero ¿qué pasa cuando todo sale mal?

¿Aventamos el juego a la basura? ¿…o al hijo?

Anoche, mi niño sacó su juego de memorama. Le encanta jugar memoria. Además es buenísimo y siempre gana. Primero se aseguró de tener todos los pares y luego los revolvió y los puso sobre la mesa, pero no alineados. Sino aventados. Incluso había unas tarjetas encimadas.

Cuando llegó mi esposo, Altamente Sensible, más desesperado que enojado empezó a acomodar y alinear en perfectos centímetros a las tarjetas, “¡Yo con este desorden no puedo!” …yyyy a partir de ahí explotó todo.

El niño argumentaba entre lágrimas, “¿Porqué todo tiene que ser como ustedes quieren? ¿Porqué yo siempre debo hacer lo que ustedes quieren? ¡Yo quiero un juego difícil y las tarjetas alineadas son fáciles! ¡Y lo difícil es lo divertido!”

“Bueno, podemos dejar la mitad ordenada y la otra mitad echa bolas…”

“¡Nooooo!” dijo, y se fue corriendo a la sala y se metió debajo de su colchita, llore y llore.

Sus primeras dos preguntas denotan: Cubeta del Control. Necesita él poder decidir ciertas cosas en su vida y cómo acomodar a las tarjetas es una de ellas, finalmente es un juego y no le esta haciendo daño a nadie. Su papá estaba en la cocina con el telele de las tarjetas mal acomodadas, pero no había un daño real, …digamos.

El papá argumentaba que el juego debe ser así y que no siempre debe salirse con la suya.

Y yo, en medio de dos Altamente Sensibles, explotados.

Uno que necesita orden (papá) y otro que necesita controlar ciertos aspectos de su vida y aumentar los retos (hijo). Y yo, solo quería amor y paz.

“¿Me puedo acercar?” pregunté al niño.

“Si”, respondió entre llantos.

Me metí en su cuevita de colcha y permití que me contara todo desde su punto de vista, diciendo solamente “Si.” “Ajá”, “Te escucho”, “Te entiendo” y después de un buen rato, pregunté, “¿Y ya te diste cuenta qué es lo que quiere papá?”

“¡El quiere fácil!”

“No, mi cielo, lo que papá quiere es orden.”

Es decir, primero dejé que se expresara y después lo ayudé a ver el punto de vista del otro.

Papá se quería acercar pero “No papá, necesito mi espacio,” pidió asertivamente.

Después, cuando ya se calmó, fui a hablar con papá. “Déjale bien claro que lo que tú quieres es jugar con él.”

Cuando el hijo ya se calmó y podía tolerar la presencia de alguien más, papá ya se pudo acercar,  hablaron y reconectaron.  Papá le dijo algo así: “A la mera hora ya ni jugamos, nadie ganó y yo sólo quería llegar a un acuerdo contigo. ¿Cómo le vamos a hacer?”

¡¡Ufff!!

Cuando estas cosas suceden podría parecer que todo salió mal y que terminemos llegando a conclusiones erróneas como “este niño no sirve para jugar” , “es un voluntarioso, todo lo tiene que hacer a su manera”… pero si nos quitamos la maña de juzgar y etiquetar. Si nos mantenemos bajo la perspectiva de acompañar y guiar a base de preguntas, si podemos ver las necesidades de la mente Altamente Sensible y atenderlas; podemos ver la hermosa riqueza que hay en cada detalle de la vida, aún en los llantos y desacuerdos, podemos reconectar y llegar a nuevos planes.

Recuerda que la conexión es muuuucho más importante que jugar el juego «correctamente». Este espacio de jugar con los hijos, debe ser para gozarles. Si el niño quiere hacer sus propias reglas del juego se vale. Ya tendrá toda una vida para aprender las reglas de la sociedad, ahora es más importante que conecte contigo y que se divierta.

Papá e hijo terminaron acurrucados en el sofá leyendo un libro. Y así esta bien.

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