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Cómo reaccionamos los Hiper Sensibles en esas ocasiones en las que todo sucede

Cuando todo sale al revés, o a veces simplemente muy diferente a lo que habríamos planeado o deseado.

Hace tiempo, fui a casa de mi cuñada a ayudar a preparar La Gran Cena. Mi idea era terminar pronto e irme temprano, por supuesto. Ella tiene dos hijos, uno de cinco años, D y otro de dos, J.

El grande se fue todo el día con su madrina, dejando que mi niño N y J, jugaran muy, muy bien. Yo mientras piqué toneladas de zanahorias, calabazas, papas y manzanas. Mi cuñada iba y venía de la cocina atendiendo las ollas y cosas de su trabajo.

Le dimos de comer a los niños y justo cuando servíamos nuestros platos, una vecina, se las ingenió para atropellar la reja, evitando que mi cuñada pudiera sacar su camioneta y hacer varios pendientes de su trabajo. Le ofrecí mi coche con gusto, aún sabiendo que no era la mejor opción para los niños, pues N aguanta dos horas de juego y ya llevaba cinco, y además J, estaba griposo y no había tomado su siesta.

“Llévate mi coche, me quedo aquí con los niños y recibo a D cuando su madrina lo traiga.” Mi cuñada, apenada, aceptó pues era realmente urgente. Todo iba bien hasta que llegó el hermano grande: el chiquito lo recibió como Dino a Pedro Picapiedra(TM). Y poco a poco se fue volviendo más y más agresivo, parecía que le salieron cuernos, colmillos, garras y joroba. Francamente, yo tenía miedo. El pequeño estaba expresando –a su manera– su cansancio. Aventando maletas, golpeando con el mono de Superman, arrollándonos con las sillas, queriendo tirar el agua del garrafón, etc. En medio de ese show, se acerca N y me dice, “Mamá, tengo hambre”.

Les empiezo a preparar unas quesadillas cuando de repente, oigo el llanto de N. J lo había mordido. Yo no vi qué sucedió. El pequeño salió corriendo, su hermano grande atrás de él. Yo me quedé a consolar a N y volteé otra tortilla. Cuando N ya está tranquilo salí a platicar con los otros dos.

“¿Qué fue lo que pasó?”

J me jalo y me caí.”

“¿Y luego?”

“Lo mordió en la espalda”, dijo D.

Me agache, hice contacto visual y le pregunté a J, “¿Estás enojado?”

“Si.”

“¿Porqué estás enojado? ¿Ya te sientes muy cansado?”

“No sé,” respondió J.

“Tu mordida le dolió mucho a N. ¿Crees que puedas expresar tu enojo de manera más amable?

No dijo nada, se metió a la cocina tranquilo. Esa debía ser una plática corta y concisa pues los niños son pequeños y tenía a las quesadillas en el comal. Pero aún así, fue efectiva pues nos permitió tener una cena agradable. Los hacía reír con mis babosadas hasta que a J se le ocurría otra vagancia pues como no estaba atendiendo el problema de raíz, (los niños estaban agotados), las emergencias se siguieron escalando, no como en línea recta, sino como electrocardiograma. Explotaban, lo platicábamos, se calmaban y a los cinco minutos otra vez, otra cosa, otro juguete en discordia.

Cuando mi cuñada llegó, había tiliches por TODA la casa, bouquet a pañalito popeado que cambié, pero no supe dónde tirar, lucecitas centelleantes, ding-dings, blip-blips y bang-bangs de los juguetes electrónicos, gritos y llantos de niños subsistiendo con el cerebro reptiliano activado, –locura absoluta.

Si, mañana me los vuelve a dejar. Segurito.

Salimos huyendo, literal. N y yo nos subimos al coche, un lugar pequeño, sin objetos volando, sin ruidos, oscuro. Pausé. Respiré. Abroché cinturones. Encendí el auto. Apagué el radio. Manejé despacito porque el cerebro no me daba para más. No podía ver bien y hasta olvidé cómo regresar a casa. Así de sobre saturada.

Entramos a casa y N se puso a dar de vueltas como globo desinflándose, contando historias, a veces tienen sentido, a veces no. Esa noche, no. Ese es su método de ‘desinflar’ su sistema nervioso central.  Yo mientras, lo escuché y merendé, pues, por razones obvias, no alcancé quesadilla.

En un instante, N detuvo su caminata kilométrica y se le apagó la expresión. Ya era hora de dormir. Ni un segundo más. Dientes. Pijama. Camita. Los dos caímos como costal de papas. A las tres de la mañana, como siempre, mi cabeza se despertó para procesar la información del día. Antes me enojaba, ahora lo entiendo. Ahora ya sé que es necesario para mi ese tiempo en vela para pensar y analizar. A esas horas decidí escribir estas líneas y compartirlas.

Y a esas horas es cuando se me ocurren todas las ideas de lo que pude haber hecho –y no hice porque mi cabeza hiper sensible estaba trabada del susto– Tal vez le pude haber puesto su pijama. Seguramente no se hubiera dejado. No soy su mamá, no sé ni dónde las tiene. Tal vez pude haber pensado en otra solución… pero me sorprendió la buena disposición por parte de los niños para platicar, analizar y llevarse bien.

Me sorprendió también la reacción del pequeño, nunca lo había visto así. ¿Qué hubiera hecho Mary Poppins? ¿O la Emergency Nanny?” A las tres de la mañana, la cabeza tiene mucha imaginación. Pero la realidad es otra. Y yo digo que en la aceptación se encuentra la felicidad –la real. A veces debemos estirar nuestras opciones y salirnos del plan. Otras veces los niños enloquecen por esa decisión. A veces no nos toca ponerlos en orden, sino solo evitar que se maten (y que la cuñada piense que somos las peor madre del universo). Tambien sucede que la única solución es salir de ahí lo más pronto posible para que su mamá atienda sus necesidades reales: los enpijame y duerma. Finalmente lo que sucede es lo único que puede y debe suceder.

Opine el ego, lo que opine.

No siempre salen las cosas como queremos. Aunque, al final del día todo estaba bien, de momento con los tres niños enloquecidos –en mi naturaleza Hiper Sensible– sentí como si me hubieran electrocutado toda la tarde-noche. Después de ese round, necesité platicar con N para ayudarlo a procesar sus experiencias, tirarnos en el jardín descalzos, descansar, reacomodarnos, “digerir” las vivencias y estar listos para el resto de las fiestas decembrinas. La verdad es que este tipo de alteraciones suceden todo el tiempo –por ser fin de año, pasa más seguido. Y no nos queda otra mas que sobrevivir el día como dé lugar y al día siguiente darnos el tiempo para aceptar, procesar y soltar.

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